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miércoles, 30 de octubre de 2013

"LA GUERRA EN COLOMBIA DEJÓ DE SER EL MECANISMO ADECUADO PARA ACCEDER AL PODER" - FELIPE TORRES


“La guerra en Colombia dejó de ser el mecanismo adecuado para acceder al poder”: Felipe Torres

Entrevista a Carlos Velandia

Por Mauricio Hernández Pérez[1]




En Septiembre de 2012 el Gobierno Colombiano, en  cabeza del Presidente de  la República  Juan Manuel Santos, anunció  el inicio de conversaciones con las Fuerzas Armadas  Revolucionarias de Colombia  (FARC) con el objetivo de buscar una salida política y negociada al conflicto armado.
La noticia fue sorpresiva, toda vez que la posibilidad  de un acercamiento entre el grupo insurgente y la institucionalidad se  planteaba como  algo más bien lejano. Pese a esto, y en contra de todo pronóstico, hoy día y sin un cese bilateral del fuego, las conversaciones se suceden en La Habana  Cuba  sobre  la base de  la firma, por  ambas partes, del denominado Acuerdo  General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera y en el que se contemplan algunos “mínimos” sobre  los cuales las conversaciones han  tenido,  tienen  y esperan continuar manteniendo desarrollo.
Los temas sobre los cuales este acercamiento ha avanzado es ya bastante conocido por la opinión pública;  a  saber: política  de  desarrollo   agrario integral,  participación política,  fin del  conflicto, garantías de seguridad, solución al problema de las  drogas ilícitas,  víctimas  e  implementación, verificación y refrendación. Sobre  el primero  de estos puntos  ya ha habido  acuerdos; sin embargo,  la totalidad  de  los mismos  (y de  la agenda en su conjunto)  sólo se  conocerán hacia  el final del proceso pues, como lo ha señalado el mismo Presidente Santos: “nada  está  acordado hasta que todo esté  acordado”.
Voces en pro y en contra  del proceso no se han hecho  esperar a medida que  este  avanza; e in- dependiente de los resultados últimos que se obtengan, lo cierto es que la oportunidad por la que atraviesa el país para pensarse sobre  algunos de sus  temas estructurales es  ahora  más  oportuna que nunca.
La negociación, sin embargo, se está  dando únicamente con  una  de  las  fuerzas  insurgentes hoy persistentes, y la posibilidad  de incorporar  o abrir un escenario de conversaciones futuro con el Ejército de  Liberación Nacional  (ELN) es  más bien tímido aunque no del todo descartable.
Bajo este contexto, el Instituto para la Pedagogía, la Paz  y el Conflicto Urbano,  IPAZUD, entrevistó a Carlos Velandia (mejor conocido como  Felipe Torres), Excombatiente del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y quien contó en su momento con cargos de dirección  en la agrupación durante  la lucha  clandestina. Este  hombre  dedicado hoy a la investigación  por la paz y a la promoción de la misma,  presenta en esta  entrevista  aspectos de su vida personal así como un balance general sobre las conversaciones entre  el gobierno  colombiano  con  las  FARC, la situación  “excepcional” en la que nos encontramos hoy en día, así como un análisis sobre  la agenda en curso  y las limitaciones  e implicaciones que  tiene un proceso de paz  en Colombia  sin contar  con  la participación del ELN. Si bien la opinión de este excombatiente no representa la posición oficial de la agrupación armada, sí da cuenta de algunos elementos interesantes en materia  de construcción de paz  por parte de una persona quien conoció  y estuvo por dentro de la lucha armada, tanto en sus aspectos logístico-operativos, como  en  sus  planteamientos ideológicos.

Palabras clave: ELN, FARC, agenda, paz, posconflicto.



1       [1] Coordinador de la línea de Investigación  en Memoria y Conflicto del Instituto para  la Pedagogía, la paz y el Conflicto Urbano de la Universidad  Distrital – Ipazud-.


 Mauricio  Hernández (M.H): Su  historia  personal y  tránsito por  el  ELN fue  retratada de  manera completa en  el libro  de  Jaime Jaramillo Panesso:  Felipe  Torres. La palabra  sin rejas. Al haber quedado en libertad, después de diez años, y de haber cumplido condena en  la cárcel de  Itagüí por  los deli- tos cometidos durante su actividad armada ¿Qué sucedió con  su  vida,  qué  aconteció después de lo narrado en este libro?
Carlos Velandia (C.V): Después de ese  libro, sigue  el exilio. Siete años de exilio. Estuve en Europa; principalmente en  España.  Llegué inicialmente a la ciudad de Granada, y allí me vinculé por invitación del Instituto de la paz  y los conflictos  de la Universidad de Granada. A esta institución me vinculé como  investigador invitado. Allí tuve la oportunidad de tomar los cursos del Doctorado de  paz,  conflictos y democracia y empecé a mirar, desde una perspectiva  diferente,    muchos   conflictos más  en el mundo, pero también el fenómeno que es bastante reciente en la historia y es la construcción de teorías  con relación a la paz y la investigación para  la paz. Posteriormente me desplacé a Barcelona y me vinculé con la Escuela de Cultura de paz  de la Universidad Autónoma  de Barcelona; una  institución que preside y fue fundada por un académico muy reconocido y muy querido aquí en Colombia: Vicenç Fisas.  Allí tuve la oportunidad de introducirme  en la investigación de  conflictos  de distinta  índole, fundamentalmente me interesaban los  conflictos  internos.   Constituimos un  equipo con  otros  cuatro  investigadores, tres  de  ellos colombianos y nos  dedicamos tiempo  completo a examinar  día a día el acontecer del conflicto en Colombia y las distintas  posibilidades de  paz.  Todo  esto,  para mí, alimentó  la esperanza de  que  la paz  en Colombia  es  posible y hoy lo estamos viendo.  Tenemos una  gran  oportunidad que  no debemos dejar escapar.
(M.H): ¿Por qué decide regresar a Colombia?
(C.V): Se juntaron varios factores: siete años para  un exilio son  demasiado tiempo;  cuan- do  yo me  fui para  Europa  nunca desempaqué  la maleta; es decir, yo pensaba que  debía regresar, lo que no sabía era cuándo. Se junta esta situación con la crisis en España, la crisis del capitalismo a nivel mundial  y la manera como  estremeció la economía europea, pero  de manera particular  a España. Esto llevó a que  el gobierno tenía que  optar por  una  política  de  recortes; el instituto  al que  yo  estaba vinculado   sufrió  un  recorte muy drástico en sus  recursos. Esto me obligó  a que  yo tuviera que  buscar otras  perspectivas y estas perspectivas estaban aquí en Colombia.  Pero al mismo tiempo también coincide con  que  en  Colombia  están cambiando las cosas y está en germen una gran oportunidad para   la  paz.  Acabábamos de terminar  una  era  de  un  largo  gobierno de ocho  años, de  un gobierno que  optó  por la guerra, donde el discurso de  la paz  no era posible, e incluso era casi que criminalizado; pensar y expresar opiniones en  favor de  la paz,  era lo menos que  se  podía  pensar por- que  alguien  que  hablara de  paz  dentro  de ese  contexto era objeto  de sospecha. Viene un  nuevo  gobierno, y Juan  Manual  Santos expresa de  manera pública   en  su  discurso  de  posesión que  quiere  hablar  de  paz  y habla  de  una  puerta  abierta  para  la paz  y habla  de  una  llave; ese  lenguaje simbólico reflejaba   una  disposición a  abrir  un  espacio para  el diálogo  y la negociación que  se complementa también con  las  expresiones públicas que  hicieron  el Ejército de  Liberación Nacional  y la guerrilla de las FARC, que también coincidió  con un gobierno en plantear la necesidad de ese  escenario.
(M.H): ¿Valió la pena la lucha armada? ¿Se justifica la lucha armada hoy?
(C.V): Yo no puedo deshacer la historia,  tengo 61 años de vida y he dedicado a la lucha revolucionaria la mayor  parte  de  mi vida. No reniego  de  mi pasado, ni más  faltaba.  Fueron decisiones que  en su momento tomé  de una   manera muy  consciente. Estimo,  a  la luz de  los  acontecimientos, y en  la realidad de  hoy,  año  2013,  que  la guerra  en  Colombia  dejó  de  ser  el mecanismo adecuado, el mecanismo idóneo  para  intentar  defender el poder o acceder al poder. La lucha  armada seguirá teniendo una  utilidad  en  determina- dos  contextos, ya  no  en  el contexto actual colombiano. Yo creo que la guerra  en Colombia ha cumplido su papel, ha llegado  al límite superior  donde ya no es posible que ninguna de las partes derrote a su contendiente en el propósito, o de  seguir  defendiendo el statu quo,  o de  derrotar  al contrario  para  acceder al poder. Esta fórmula ya no es posible. Esto, creo,  es  una  de  las razones que  lleva a que las partes se  hayan  sentado a la mesa. Pero esta misma  decisión también la han  tomado las  insurgencias, que  son  conscientes que por cincuenta años han obtenido un determinado nivel y acumulados, los que  a mi juicio deben preservar y deben buscar potenciarlos en otro tipo de escenarios; en el escenario de la lucha política, en el espacio de democracia ampliada. Ya no es posible seguir manteniendo esos acumulados a través  de la guerra.
(M.H): ¿Qué diferencias encuentra entre el ELN al cual  usted perteneció y el ELN de hoy día excluido de  una  mesa y de  un pro- ceso de negociación?
(C.V): El ELN es  un  continuo,  no  es  estático, ha sido  una  organización que  la he visto crecer. Uno, porque fui un militante muy activo y en  cierta  forma  hasta protagónico en la obra  colectiva  - no personal - de  construir unos  perfiles  políticos,  ideológicos y obvia- mente  militares. Recuerdo que  en un tiempo remoto  hablábamos de la guerra  popular prolongada; de  la toma  del poder. Yo soñaba,  y me veía sentado en un tanque de guerra entrando a la plaza  de  Bolívar junto con una  fuerza  triunfante  de  ejército  guerrillero y de  insurrección social  que  nos  tomábamos el poder y que empezábamos a construir una nueva  sociedad: una sociedad socialista. De esas épocas a acá,  ha  corrido  mucha agua bajo  el puente, han  pasado muchos años y obviamente, el país se ha transformado y las luchas también se  van modificando. El ELN, a mediados de los años ochenta, evoluciona en su pensamiento y pasa de una propuesta de  toma  del poder a construcción del poder desde ya, desde donde seamos más  fuertes. Allí los revolucionarios estamos  obligados a propugnar por transformaciones. Empezamos  entonces a  funcionar  en  algunas partes,  en  algunas regiones del país  donde no estaba el  Estado, ahora   el  Estado éramos nosotros. Pero  al mismo  tiempo  también se hace una  progresión muy  interesante y es que  el ELN desdobla su  poder en  el poder del pueblo y plantea que  el pueblo habla,  y el pueblo manda; es decir, ya no es el poder para  el ELN; es  el poder del  pueblo y para el pueblo. Entonces estos son  factores que muestran cómo  se modifica un pensamiento, cómo  evoluciona de manera positiva.
Al día de hoy, obviamente el tema  del po- der del pueblo y para  el pueblo sigue  teniendo plena  vigencia  en el ELN en la aspiración por  una  sociedad socialista, pero  sigue  teniendo  mucha más  vigencia  en lo inmediato; en el inmediato futuro, en la construcción de un  gobierno de  paz  y de  equidad que  permita  una  serie  de  transformaciones para  el país que le lleven bienestar y le lleven justicia social a las gentes.
Podríamos  decir   entonces  que   el  concepto de  democracia adquiere mucho más valor. Ya hubo  una  época donde el ELN valoraba,  por ejemplo, la inutilidad de  los procesos electorales; la mirada  sobre la lucha electoral  que  hoy tiene el ELN es  distinta,  es mucho más  cualificada, mucho más  contemporánea. Entonces estos son  aspectos  muy progresistas en  la formulación  de  las  ideas, al punto  que  me llevan a mí a decir que  una de las razones por las cuales yo dejo la lucha armada para  continuar defendiendo el ideario “Eleno” a través  de la lucha política y creo que  es  posible seguir  defendiéndola en  un espacio de democracia ampliada.


(M.H): ¿Y qué  diferencias encuentra entre el ELN y las FARC? ¿Considera usted que estas diferencias han  sido  determinantes para que hoy  día se entable un proceso de  diálogo y negociación con  las FARC y no con  el ELN?
(C.V): Lo determinante es  sin lugar a dudas, la correlación de fuerzas. Desafortunadamente aquí en Colombia  pesan más  los actos de fuerza, los actos de violencia que las mismas ideas. La sociedad ha tenido que acudir a los expedientes de  fuerza  para  poder expresar sus  ideas o siquiera  para  arrancar algún  tipo de  demanda, algún  tipo de  conquista; esto es  desastroso en  una  democracia y mucho más  desastroso en una democracia como  la que  se  desarrolla en  Colombia  que  es  una democracia formal.
Las  FARC es  una  organización nacional que  opera en vastos territorios de la geografía del  país;  ha  estado presente en  la vida política y en la historia  de  estos últimos cincuenta años. Sin embargo, las FARC no han logrado “capturar”  la agenda del país  y esto ha generado una situación, podríamos decir, un  tanto  asimétrica; las  FARC han  desarrollado  una  estrategia evidentemente militar -  aunque no  necesariamente la política  haya estado ausente - y sus  desarrollos han  sido fundamentalmente militares.
Ahora,  en  el caso del  ELN es  un  tanto contrario; sus argumentos políticos y su protagonismo a través  de las ideas, a través  de las tesis,  es  el mayor de  sus  esfuerzos y su empeño militar es  una  parte  menor  a lo largo de la historia. Esto  al  momento de  intentar  resolver  el conflicto armado establece unas prioridades. Esa situación es la que vemos reflejada  ahora en la mesa de La Habana.
(M.H): Para la época en  que  Álvaro Uribe Vélez  estuvo  en   la  Presidencia,  el  ELN mostró más avances con  el  gobierno en materia de  conversaciones; incluso se consolidó un formato de  acuerdo denominado el “acuerdo base”¿Qué características tuvo este acuerdo?
(C.V.): Este  acuerdo base es  un acumulado que representa un gran trabajo entre un Esta- do y una organización insurgente. Ojalá no se
perdiera, yo creo  que  allí hay cosas que  son bastante útiles; no aconsejo retomarlo  en su totalidad porque han  cambiado los tiempos, pero  sí creo  que  es  posible actualizar este acuerdo base y ponerlo en el contexto actual.
Yo creo que  sigue  teniendo plena  vigencia la convención nacional, que  está planteada también en  el acuerdo base. Creo  que  también tiene plena  vigencia  un cese bilateral de fuegos. Es doloroso que cuando estamos ha- blando de  paz  se  incrementen las  acciones bélicas y se esté  produciendo mucho más do- lor. Es injustificable, pero así están planteadas las  reglas del juego,  las  reglas de  la guerra: hay que  seguir  matando hasta el último día, hasta antes de la firma, esa es una lógica des- afortunada y perversa, pero  esa es.  Entonces yo sí creo  que  el acuerdo base es posible re- tomarlo pero para  actualizarlo.
(M.H): ¿Qué insumos de este acuerdo base podrían ser  útiles ante  un eventual proceso de  negociación hoy día entre el gobierno y el ELN? ¿Qué otras ideas de  este acuerdo se pueden rescatar para el proceso actual con  las FARC?


(C.V): Los contenidos que  se  plantean para la  convención nacional son  cinco  bloques temáticos. El primero,  donde están las reformas  al Estado y el fortalecimiento de  la democracia para  propiciar  la inclusión  de  los excluidos y permitir la expresión de  las  mayorías.  El segundo, el modelo de  desarrollo económico. El tercero, recursos y soberanía; que  es  un  bloque muy  importante y sobre todo  en  este   momento cuando se  plantea que la economía ha de tener una locomotora minera;  es  decir,  la locomotora de  saqueo, del expolio de  los recursos por parte  de  las multinacionales. El otro  tema  tiene  que  ver con  los territorios,  la territorialidad  y el tema de  la tierra que  está siendo abordado en  la mesa de La Habana pero  no en su totalidad. Y un quinto  tema  es,  nuevamente, el de  soberanía, pero  que  tiene  que  ver con  cómo podríamos ser  una  nación,  un país  respetable y respetado y cómo  nos  lograríamos relacionar  de  una  manera libre con  el mundo entero  sin necesidad de  que  tengamos que ser considerados como  el patio trasero.
(M.H): Usted sostiene que   este es el  último proceso de  negociación al cual  entra  el país  en  tanto  las  condiciones están dadas. ¿Cuáles son  esas condiciones a las cuales usted hace referencia? ¿No  es esto un  exceso de optimismo?
(C.V): Bueno,  usted habla  de demasiado optimismo.  Los constructores de  paz  y los que trabajamos estos temas de  la paz  hemos de ser  optimistas por  naturaleza porque si nos cunde la derrota, si nos absorbe la derrota, no haríamos absolutamente nada. La paz  es  de tercos, es  de  persistentes, es  de  consecuentes y obviamente es de optimistas. Pero el optimismo mío es un optimismo razonado, es un optimismo con argumentos, es un optimismo objetivizado  en situaciones concretas.
Nunca  antes como  ahora, el gobierno ha sido tan explícito en plantear la solución  política al conflicto y dar pasos en esa dirección. Nunca  antes como  ahora, la guerrilla de  las FARC ha tomado una decisión política de poner fin al conflicto.  Al mismo  tiempo,  nunca antes como  ahora, la sociedad colombiana está diciendo: apoyamos este  proceso pero que  nos  lleve al final del  conflicto,  y nunca antes como  ahora  la comunidad internacional  ha  rodeado este  proceso donde ya  no solamente es  un grupo  de  países sino  también Naciones Unidas,  la Unión Europea y el gobierno de los Estados Unidos.
Al  mismo   tiempo   aquí   en  América   Latina nuestro continente hoy por  hoy es  cuna  de revoluciones; es  el único  continente donde hay  cuatro   revoluciones en  curso:   la  revolución socialista en  Cuba, la revolución  Bolivariana  en  Venezuela, la revolución  ciudadana en Ecuador y la revolución  comunitaria en  Bolivia. Es  donde se  está produciendo pensamiento para  resolver  los grandes problemas en  los  contextos  latinoamericanos, mientras que en Europa  el pensamiento para resolver  los grandes problemas no encuentra salida.  El pensamiento político y filosófico europeo ha llegado  a su tope  y no se recrea. Antes las ideas que  movían las revoluciones en el mundo venían de Europa, ahora  yo creo que  América Latina le va a contribuir al mundo con tesis  revolucionarias y tesis  de transformación. Entonces son  nuevos contextos, son  nuevas situaciones. Y las guerrillas también  han  comprendido que  hay que  intentar otras  vías para  acceder a las transformaciones  como  lo están haciendo los pueblos en América latina.
Todas  estas son  razones que  en  conjunto me  hacen ver que  es  la oportunidad; no es  una  oportunidad más,  es  LA oportunidad para  de  una  vez por todas poner  fin al conflicto armado de  cincuenta años; que  de  lograrlo  no será  un episodio, será  EL acontecimiento.
(M.H):  Algunos analistas  han   venido  desarrollando la tesis según la cual,  ante  un eventual acuerdo  de  paz   entre las  FARC y el Gobierno, y la no  negociación con  el ELN, el afianzamiento operativo y militar de esta agrupación y de  otros  actores  arma- dos será inevitable, dando lugar  así a nuevas  violencias incontrolables por  lo cual  el conflicto  se perpetuaría. ¿Comparte usted esta tesis?
(C.V): Es un escenario que  no es  descartable, pero no necesariamente debe ocurrir así; el riesgo que hay al hablar con una sola organización  y dejar a la otra en las montañas es que  la paz,  en primer lugar, sea incompleta; segundo, que sea una  paz  parcial;  tercero, que  sea una  paz  única  y exclusivamente localizada en  algunos territorios mientras que en otros se mantiene la guerra.
Ahora, esto  le daría pie al estado para  seguir manteniendo el alto nivel de gasto militar; unas fuerzas  armadas tan impresionantes en volumen a las que han llegado; cerca de me- dio millón de  efectivos  entre  hombres y mujeres  al servicio  de  la violencia  institucional y de la guerra. Colombia  está gastando, diariamente, sesenta y ocho  mil millones  de pesos. Si el conflicto,  lográramos superarlo, no habrá razón  para  mantener ese  nivel tan alto en  el gasto militar. No abra  razón  para seguir  manteniendo unas fuerzas   armadas tan voluminosas y de estas proporciones. Es más,  esto  nos posibilitaría reducir las fuerzas armadas, profesionalizarlas.
Ahora, este  planteamiento no es en contra de las fuerzas  armadas; va en favor del país. El país  tal vez  necesite unas fuerzas  arma- das  profesionales, tecnificadas, educadas, con  una  nueva  doctrina  de  civilidad, de  protección  de  los  recursos, de  defensa de  las fronteras, de  defensa de  la soberanía y de protección y cuidado del ciudadano.
Unas   fuerzas   armadas, si  las  logramos reducir  a la mitad  podrían llevarnos  a nosotros,  al Estado colombiano, a liberar al me- nos,  setenta mil millones de pesos diarios,  y podemos invertir en educación, salud, vivienda, en las necesidades que tiene la sociedad para  procurar el bienestar y la justicia social. Es decir, es cambiar la guerra  por desarrollo, la paz  es  desarrollo, es  justicia social,  a eso es  que  hay que  apostarle ahora. Yo creo  incluso que los militares entienden esto.  El discurso  mío no es en contra  del estatuto militar, ni más  faltaba,  no es  en contra  de  los generales; al contrario,  es en favor de su profesionalización, de  su  tecnificación, es  colocar  a los  militares  en  un  escenario distinto  de  un país en paz.
(M.H): ¿Por  qué  cree usted que  hay  oídos sordos por  parte del  gobierno para escuchar  al ELN en  una  mesa de  negociación? ¿Hay  una  suerte de “calculo”?
(C.V): Yo creo  que  es una mezcla de dos  cosas; obviamente el cálculo está en la elaboración de la estrategia. El gobierno está desarrollando una  estrategia de  paz  y esa estrategia de paz  nos  lleva a hablar  con la organización más  fuerte militarmente  mientras que  a otras expresiones armadas las deja aparte.
No tengo  claro  si realmente el gobierno ha  tomado la decisión de  incluir en  esa estrategia  de  diálogo  al ELN. El Presidente ha expresado públicamente y ha llamado  al ELN a que  se  suba a la mesa, pero  del lado  del gobierno no se ven muchas acciones en esa dirección. El ELN todos los días  y cada vez que tiene la oportunidad está llamando, “oiga aquí estamos, si es  para  la paz  cuenten con nosotros, queremos disposición”. Entonces esto  es  una  situación que  a  mí me  genera mucha preocupación y es  que  puede ocurrir que  en  el momento que  el gobierno decida que ya es la hora de hablar con el ELN quizás para  ese  momento el ELN puede valorar que prefiere esperar un momento político distinto, con  otro  gobierno, quizás. Eso  podría  ocurrir y sería  lamentable. Yo lo he  dicho  en  un artículo que  publicaron en  revista  semana y que  se  titula: “en la demora está el peligro”. Retomo  una  frase  de  Eloy Alfaro en  la que plantea que  en  las  oportunidades hay  que estar, en  el momento justo,  en  el momento adecuado. Y  este   es  el  momento justo,  el momento adecuado.  Tengo  entendido que algunos expertos y algunos consejeros han aconsejado al gobierno para  que desarrollen un  proceso únicamente con  las  FARC; que no es conveniente abrir dos  frentes  de diálogo porque podría haber interferencias de uno sobre el otro.  Yo creo  que  técnicamente es conveniente tener este  tipo de precauciones, pero se corre un riesgo también bastante alto y es  dejar  en  la guerra  y dejar  en  las  montañas a una  organización que  curiosamente ha  sostenido un  diálogo  con  todos los  gobiernos -aun con el más  belicoso; con el que ofrecía  guerra  y hacía  la guerra  - y este, que habla  de  paz,  le vaya  a  voltear  la espalda, sería bastante contradictorio.


(M.H): Centrándonos en  los  puntos de  negociación que  se discuten en  La Habana hoy   día,   ¿Qué  diferenciaría una   agenda del ELN de  una  agenda de  negociación de las  FARC?  ¿Qué relación, en  términos de agenda, puede hacer entre estas dos agrupaciones?
(C.V): Yo creo que en el contexto actual no es posible una  agenda de  carácter maximalista y creo que no es posible la gran agenda que se planteó en los diálogos con el gobierno de Pastrana; eso ya no es posible porque ya hay otra realidad.
El conflicto en estos últimos doce años ha tenido  un impacto y un efecto  en  las  partes que,  llevadas también por  este  balance de correlación de fuerzas, produce un efecto  en las  agendas. En los conflictos  internacionales  y en  los conflictos  internos  hay un fenómeno  de  elasticidad; la agenda se  alarga  o se  recorta dependiendo de la correlación de fuerzas. Si tú vas ganando la guerra  tu agenda  será  más  grande, que  fue  lo que  pasó con Pastrana; en el gobierno de pastrana las FARC ganaban la guerra, por eso  su agenda de  trece  grandes puntos y cien  subpuntos daban cuenta de  la correlación de  fuerzas. Este  no es  el caso; la correlación de fuerzas ha llevado a que la agenda se acote.
No creo  yo que  el ELN pueda pactar una agenda mayor  que   la  que   ha  logrado las FARC con el gobierno.
Yo  creo,   puedo  estar   equivocado,  que una  agenda posible para  el ELN sería  tomar como  diseño básico la misma  agenda de  La Habana y sería  –quizás suene un poco rudo lo que  voy a decir-  hacer un “corte  y pega”; cortar  en el punto  uno donde dice:  desarrollo rural y el tema agrario, y el cuarto punto donde dice:  cultivos de  uso  ilícito y en su  remplazo pegar en  el primer  punto:  desarrollo minero- energético y soberanía, y en  el cuarto  punto participación de  la  sociedad y democracia. Los demás puntos son comunes para  las dos organizaciones y el Estado en el propósito de llegar a un final del conflicto armado.
(M.H): ¿Qué evaluación le merece el proceso de La Habana hasta lo que  lleva hoy día?
C.V: Recientemente escribí  un  artículo  que se  titula “las cuatro  patas de  la mesa” en el que  planteo que  una  mesa de  negociación se  soporta sobre cuatro   grandes pilares  o cuatro  patas: la primera  pata, que  las partes expresen claramente que  asumen el diálogo y la negociación con un propósito muy claro y que se comprometen con ese  propósito: el final del conflicto armado; esa pata  allí está y es muy sólida.
Segundo, que  haya  una  agenda concreta, una agenda alcanzable y una agenda que en términos  prácticos pueda ser  discutible y susceptible de llegar a acuerdos.
Tercero, que haya una sociedad dispuesta a apoyar  este  proceso de paz,  que  acompañe este  esfuerzo y que  reclame de la mesa y que reclame de ese  proceso unos resultados y que  al mismo  tiempo  haya  una comunidad internacional que esté  arropando el proceso.
Y en cuarto  lugar que haya resultados a la vista; es  decir, que  se  demuestre que  el pro- ceso de diálogo  es útil, que  se está llegando a resultados y que  la gente y la comunidad internacional observen que la paz es posible, que  un acuerdo está cercano y que  vale la pena seguir persistiendo en la discusión y en el proceso de paz.
Para  mi es  fundamental las  expresiones de  apoyo  que  se  han  venido  desarrollando desde diferentes sectores de la sociedad en favor del proceso, en favor del acuerdo que sobre tierras se ha alcanzado. Pero  también mucho  más   importante y mucho más  disiente que  el Presidente Lula Da Silva, que  la Unasur  en pleno, que el Presidente Maduro,  que  el Vicepresidente Joe Biden  de  los Estados Unidos  vean  bien  en- caminado el proceso, que  Naciones unidas, que  el señor Van Rompuy  del  Concejo Europeo, que  el Señor  Durão  Barroso, que  el Expresidente  Felipe   González  de   España, pero  al  mismo  tiempo  Rodríguez Zapatero expresen estos apoyos es muy disiente de la seriedad y del tenor de este  proceso y de los resultados que se están alcanzando.
(M.H):  ¿Por   qué   este  capítulo de  la  paz que   estamos  experimentado hoy  día  no es un proceso más entre la dinámica de  la confrontación y la negociación a la que  se ha  visto  abocada la sociedad colombiana en su historia?
CV: Hay una gran diferencia  de este  proceso respecto del proceso que  se desarrolló hace ya trece años. Ese proceso que se desarrolló con Pastrana, ambas partes fueron a la mesa no a hacer la paz  sino a ganar la guerra, es curioso.  Es decir, Pastrana va a una mesa de diálogo  y negociación con  el discurso de  la paz,  y las FARC van a la mesa de  diálogo  y negociación con  el discurso de  la paz,  pero ambos tenían propósitos distintos.
Pastrana va en representación del Estado derrotado, que está sufriendo unos  golpes terribles por parte  de  las guerrillas;  y las FARC van como  la organización triunfante que quiere legitimar ante  el Estado sus  acumulados y sus  victorias ante  la comunidad internacional. Es decir, ninguno  va allí buscando poner  fin al conflicto armado; van con propósitos distintos y desarrollan estrategias diferenciadas.
Mientras  que  estaban en  el Caguán hablando hasta la extenuación sin  abordar ni un  solo  punto  de  la  agenda, el Presidente Pastrana convertía  un  ejército  derrotado en un  poderoso ejército  que  le heredó al Presidente Uribe para  que  pudiera obtener las victorias militares que obtuvo.
La situación de ahora  es que  con un ejército  tan  poderoso y con  unos  recursos tan impresionantes no fue posible derrotar  a las guerrillas, y hay que buscar un camino  distinto y es  el de  la solución  política negociada. Obviamente las guerrillas  de  hoy no son  las guerrillas de hace trece  años, ni cuantitativa- mente  ni en  su  poder de  letalidad,  ni en  su poder bélico. Pero en esto  nos podemos pasar veinte o treinta años más.
(M.H): Usted actualmente se encuentra haciendo consultorías en  materia de  paz  y conflictos. Desde esta perspectiva, ¿cómo evalúa el papel de  la academia en  los  aspectos relacionados con  el análisis del conflicto armado y la construcción de  paz  en el país?
(C.V): Yo diría que  hay más  literatura en relación con  los conflictos  y la violencia que  sobre la paz.  La investigación por la paz  en el mundo es  relativamente joven; no tiene más de sesenta años. Se empieza a hacer investigación  sobre la paz y a establecer métodos y a establecer recursos; incluso a desarrollar pedagogías sobre investigación para  la paz y cómo  hacer paces pero  sólo  después de la segunda guerra  mundial.  Es una disciplina en el campo de la investigación y las ciencias sociales muy nueva.
Obviamente nuestros académicos preocupados por  el  conflicto  colombiano son mucho  más   profusos  y  escriben  mucho más  sobre el conflicto porque esta ha sido la tendencia universal;  escribir sobre las guerras, escribir  sobre los  muertos, escribir sobre la violencia;  es  decir,  hay mucha más  literatura sobre esto  que  sobre las paces. Y aquí  en  Colombia  escribir  sobre las paces si es  que  es  verdaderamente nuevo. Yo creo que aquí no tenemos más  de veinte años de  literatura  sobre paces y nos  falta hacer mucho más.
Pero  todavía  nos  falta, más  que  escribir, desarrollar pedagogías  para  la construcción de paz, para  la generación de cultura de paz, para  el sostenimiento de  la paz,  que  es  una tarea  que  tendrá  que  venir de manera inexorable en el posconflicto.
(M.H): Concluyamos esta  entrevista con una  frase  que, para usted, refleje  o capture el momento en  el que  nos  encontramos hoy día.
(C.V): La paz es ahora.


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